Primer domingo de pascua

Primer Domingo de Pascua

Reflexión del evangelio según san Juan

“¡Verdaderamente ha resucitado el Señor! ¡Aleluya!”

Mientras la pesadumbre y las amenazas constantes de una inminente catástrofe de índole mundial y la desolación de algunos conflictos de alta tensión como Ucrania y Oriente Medio (guerra en la Franja de Gaza, tensiones en Israel-Líbano, Siria y enfrentamientos en el Mar Rojo) el dolor y la muerte, aparentemente, van marcando la pauta en el quehacer cotidiano. A vísperas de las elecciones presidenciales en nuestro país, existe una cierta confusión y un futuro incierto, sin embargo, la Pascua de Resurrección, encarna la firme victoria sobre la muerte, la inexorable esperanza y la transformación interior. Se medita en torno a ella como la luz tras el dolor, la piedra removida del sepulcro y la prueba de que el amor es más fuerte. Chesterton describió la Pascua como el hecho prominente de la vida sobre la “intrusa indeseada” de la muerte, desmintiendo el triunfo ineludible de la tumba.

La resurrección no es sólo un mero acontecimiento histórico, sino un eterno acontecer dichoso que anuncia la inminente conquista del amor sobre el odio y la oscuridad. La Pascua induce a una transformación interior, es la hora de extirpar el miedo y abrazar una vida nueva, dando pase a la creatividad y el fiel compromiso con los desplazados. Frente a las dificultades de la vida, la resurrección se entiende como el ímpetu decisivo a tomar la determinada decisión de enrumbar hacia la justicia y la paz. La novedad pascual fundamenta que, ante la pérdida y el dolor, el Resucitado se hace el encontradizo, animándonos a una radical conversión, al igual que Pedro. La Pascua de Resurrección es un símbolo universal de esperanza, renovación y triunfo de la vida sobre la muerte.

El evangelio del primer domingo de Pascua nos invita a contemplar la actitud de Pedro y Juan. Ambos acudieron inmediatamente al sepulcro, no obstante, Pedro ingresó y observó detenidamente que las prendas estaban allí. En cambio, Juan “vio y creyó”, nos dice la escritura. Por tanto, el discípulo amado se encontraba imprescindiblemente armonizado al amor, reconociendo en los indicios cotidianos una presencia mayor. Que tomemos esta actitud de ser contemplativos en acción, que podamos ver en los gestos y eventos ordinarios, la presencia del Señor que nos invita a salir de nuestros sepulcros y poder decir categóricamente: “¡Verdaderamente ha resucitado el Señor! ¡Aleluya!”

Edwin Jara Aquino
Coordinación de Teología y Pastoral